Los campesinos de Córdoba que tienen agua en plena sequía
Al ver que escaseaban las lluvias, construyeron su propio acueducto que funciona con energía solar.
Un grupo de campesinos tiene su propio acueducto con energía solar y una serie de aljibes que les han permitido sobrevivir en tiempo seco.
La sequía de los últimos meses tiene entre el hambre y la sed a la cuenca media y baja del río Sinú, en Córdoba. Desde 2012, las lluvias han disminuido a la mitad, el Gobierno declaró calamidad pública y en todo el departamento se calcula que hay 111 mil afectados, dos hectáreas de terreno cultivable donde ya no crecen las plantas y 5 mil reses muertas.
Pero la falta de lluvias y las altas temperaturas no han sido motivo para que a las 50 familias de las veredas Río Ciego y Pareja, entre Lorica y San Bernardo del Viento, les falte el agua potable o mueran sus cultivos y ganado.
Todos los días, desde hace dos años, cada hogar recibe 200 litros diarios del líquido vital, proveniente del río Sinú. Éstos son distribuidos para consumo y labores de la casa, y el agua que se logra reutilizar de estos procesos, se descontamina con un sistema artesanal y se utiliza para el riego y el ganado.
¿Cómo logran tener agua limpia mientras sus vecinos sufren por el drama de la sequía?
Hace cuatro años, la situación en la cuenca baja y media del río Sinú era dramática.
La gente tomaba el agua directamente del afluente sin ningún tipo de tratamiento, y en tiempo seco, las mujeres y niños debían desplazarse hasta tres horas y media para conseguir el recurso.
De hecho, el 80 por ciento de los habitantes del Bajo Sinú no tiene acceso a este servicio básico, mientras el 20 por ciento restante depende de sistemas de acueducto que funcionan con energía eléctrica (cuya instalación tiene un valor de unos $300 millones), dejan de funcionar en época de inundaciones y le cuestan cerca de $8 millones mensuales a las veredas que los implementaron en Lorica y San Bernardo del Viento.
Víctimas de la dificultad para conseguir el agua, hace cuatro años, la Asociación de Pescadores, Campesinos, Indígenas y Afrodescendientes para el Desarrollo Comunitario de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú (Asprocig) decidió crear su propio acueducto, el cual, según los planes, funcionaría con energía solar.
Por primera vez, el agua iba a llegar a través de tuberías, y no en cántaros. Ya no tendrían que caminar por horas a buscarla, y los niños que se hacían cargo de esta engorrosa labor podrían volver a las escuelas. Desde el diseño, hasta la financiación y la orfebrería venía de ellos mismos. Estaban plenos.
El resultado dejó perplejos a muchos: Río Ciego y Pareja tenían acueducto, funcionaba con energía solar y la instalación les había costado $24 millones, casi 15 veces menos respecto al valor de un sistema tradicional. De esta forma, demostraban que el ingenio no solo está entre las paredes de una oficina.
Así funciona
El sistema creado por los campesinos de Lorica y San Bernardo del Viento es simple. La energía de paneles solares (de 110 voltios y que consiguieron a través de un proveedor local) es utilizada para mover una electrobomba que transporta el agua desde el río Sinú hacia tanques elevados, y luego a las viviendas.
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En Lorica, Córdoba, los campesinos crearon su propio acueducto que funciona con energía solar. Foto: Juan José López
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Debido al alto costo, se eliminó el concepto de planta de tratamiento y cada familia es la encargada de potabilizar su agua con decantadores, un tanque con cloro, un filtro cerámico con plata coloidal, sulfato de aluminio y una planta llamada tuna, que utilizaban los indígenas zenúes cuando no había equipos de limpieza tan sofisticados.
La misma comunidad realiza monitoreos mensuales de la calidad del líquido y están capacitados para el mantenimiento de su planta, a prueba de inundaciones.
En su idea contemplaron la instalación de una batería sanitaria para cada hogar (la cual no tenían antes) y un área de cultivo pequeña (irrigada por el mismo acueducto) donde siembran entre 40 y 60 especies vegetales para el consumo, las cuales no crecen con agroquímicos, sino con abonos naturales, y son comercializados exitosamente en el mercado de Lorica.
Según Juan José López, líder de Asprocig, no es que la sequía no los haya afectado. De hecho, dice, el calor se hace insoportable y las lluvias solo están en las oraciones de la gente. Sin embargo, desde el año pasado en Río Ciego y Pareja notaron que el ciclo normal del verano e invierno estaba cambiando, y entonces almacenaron suficiente agua en sus tanques.
Si hubieran esperado la reacción del Gobierno, se cuestiona López, estarían con la incertidumbre de no saber si llegarían los carros tanque con agua, los subsidios y los alimentos. Por eso, advierte, “nadie mejor que nosotros, los usuarios, para administrar nuestro derecho al agua”.
Al respecto, Maryluz Mejía, presidenta de la Asociación Colombiana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental (Acodal), que agremia a las grandes empresas de acueductos, menciona que ve con buenos ojos la iniciativa de Córdoba. Para ella, el país no ha logrado cerrar la brecha que genera el suministro de agua en las grandes ciudades, frente al de las zonas rurales. En comunidades aisladas, dice, los esquemas normales de prestación de servicios no pueden funcionar igual. Son lugares aislados, con baja capacidad de pago y no tienen posibilidad de tener un prestador como en cualquier ciudad grande.
También auguran la sequía de noviembre
Por estos días, en Colombia, ‘sequía’ se volvió sinónimo de desierto. Sin embargo, en la cuenca baja del río Sinú, para los campesinos, ‘sequía’ quiere decir que el agua está turbia, insalubre, pero que tienen que beberla, sencillamente, porque no hay de otra.
Juan José López cuenta que en esa zona de bosque seco tropical, donde por lo general hay dos períodos de lluvia, solo hubo uno en los últimos dos años. Allí, la mayoría de personas dependen de pequeñas represas a las que llega el estiércol del ganado, los agrotóxicos y las heces fecales de los miembros de la comunidad,pero que cuando llueve, se desbordan y ejercen una especie de autolimpieza.
Con la falta de lluvias, el agua de esta zona de Córdoba no escasea a los niveles de La Guajira, pero sí se concentran los contaminantes, colapsa la seguridad alimentaria (con los cambios en el régimen climático) y el drama no es menor.
Solo en Lórica, explica López, hay 43.000 personas que dependen de las represas como fuente de agua y beben el recurso sin ningún tipo de tratamiento. De hecho, según un estudio realizado por Asprocig en los hogares de Bienestar Familiar del municipio, el 30 por ciento de los niños menores de cinco años sufren de enfermedad diarreica. La situación, afirma el líder, no es muy distinta en los municipios de Chiná, Purísima, San Andrés de Sotavento, Tuichín, Moñitos y San Bernardo del Viento.
Por ello, Asprocig, la Fundación Liceo Politécnico del Sinú, que busca formar a la población en temas relacionados con cambio climático, y la Asociación de Juntas de Acción Comunal de la margen izquierda de Lorica avisaron desde principios de este año a las autoridades locales de lo que, muy bien sabían, iba a suceder.
Al ver que nada pasaba, que la población aún no experimentaba los síntomas de la sequía y que las noticias no hablaban de tal problema, las autoridades no respondieron, pero los líderes de Lorica consiguieron que un grupo de iglesias luteranas de Estados Unidos les donara recursos para construir cinco aljibes, cada uno con capacidad de almacenar 26 mil litros de agua, y para distribuir a las familias filtros caseros que permitieran tratar el recurso hídrico.
La misma comunidad puso las reglas de administración, de tal forma que, según sus cuentas, el agua no va a faltar hasta que lleguen las lluvias. En la vereda de Corea, la parte más afectada por la sequía en Lorica, 55 familias reciben diariamente 100 litros de agua, que ellos mismos purifican y que almacenaron durante meses. Saben que no pueden consumir ni una gota más, que solo está disponible para consumo directo y preparación de alimentos, mientras el agua de las represas es utilizada para el aseo y el riego. Ellos pensaron en el futuro y ahora el presente les duele menos.
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La vereda Corea, en Lorica, tiene agua suficiente para sobrevivir a esta sequía y a la que se avecina en noviembre. Foto: Juan José López
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Sin embargo, Juan José advierte que las comunidades que se benefician de los aljibes no representan ni el 10 por ciento de los afectados por la sequía, que los demás están recibiendo ayuda de emergencia que se agota en pocos días y que pocos quieren hacer caso a su insistente aviso de los últimos días: “si esta sequía casi nos derrumba, la que viviremos entre noviembre y abril nos va a tumbar al piso”.
Él, convencido de que las cosas maravillosas suceden cuando la gente une su conocimiento, ya inició, con su comunidad, la construcción de diez aljibes más que estarán conectados mediante tubería con los otros cinco y que funcionarán bajo un sistema de consumo solidario: si a uno se le agota el agua o falla, el otro se la va a suministrar mediante un bombeo impulsado con energía solar. Si no hay lluvia, se utilizará agua de los lagos. Lo cierto es que en la peor sequía que, se prevé, enfrentará el país, a estas comunidades no les faltará el recurso hídrico.



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